FRANCIS SCOTT & ZELDA FITZGERALD

 

Cuando se conocieron eran jóvenes y hermosos. Una vez casados, alternaron estancias en Nueva York con viajes a París y a la Costa Azul y pertenecieron al grupo de artistas e intelectuales norteamericanos que veraneaban en La Riviera. Y, sin embargo, en ocasiones se vislumbra también, ya desde el principio, que hubo algo febril y precipitado en el impulso que llevó al escritor a unirse a aquella diosa desasosegante.

Su estilo cosmopolita, sus continuos viajes y su dorada bohemia no fueron alicientes suficientes para sostener su vertiginosa y finalmente inestable vida en común. En ella se transparenta un ajetreo en parte lógico por ser él escritor y necesitar de otros escenarios, los de la mítica Europa, pero también se aprecia un ir y venir ciego e inquietante que no pudo frenar el tedio primero y más tarde el permanente tributo al alcohol de Scott y la locura de Zelda. Como tampoco evitó que el prometedor Fitzgerald, autor de obras como El gran Gatsby, Hermosos y malditos o Suave es la noche, se sumergiera en un mundo de amargura que marcó el tono maldito de muchos de sus personajes. ¿Cómo no iba a saber contar él esa mezcla de hastío e infelicidad de las clases medias más privilegiadas? ¿Cómo no iba a fabricar perdedores y ganadores que se intercambiaban los papeles en pocas horas, si estaba retratando el desmoronamiento de sus sueños y la imposible comunión con Zelda? La obsesión por el éxito y el sentimiento enfermizo de que todo lo que hacía le conducía al fracaso le hizo cada vez más vulnerable. En Suave es la noche se adivina a Scott y Zelda y a sus amigos de La Riviera en la piel de unos personajes que esperan algo, no se sabe qué, mientras se desplazan por la costa francesa y alternan amantes y borracheras.

    

Francis Scott Fitzgerald nació el 24 de septiembre de 1896 en Minnesota, y supo muy pronto que iba a ser escritor. Su padre procedía de una distinguida familia sudista arruinada, católica y conservadora. A pesar de ciertos apuros económicos, Scott Fitzgerald tuvo una educación elitista, primero en el internado Newman y luego en la Universidad de Princeton. Fue el resultado del quiero y no puedo que animaba a su familia, poco dispuesta a que su hijo bajara algún peldaño en el escalafón social que le correspondía. Pero fue también en la Universidad donde el joven tomó conciencia de la profunda división de clases. Escribir se convirtió en una vocación, pero también en una forma de prosperar y de asentar su futuro.

   

A Zelda Sayre, hija de un juez del Tribunal Supremo de Alabama, la conoció en un baile del Club de Campo de Montgomery. Corría julio de 1918 y Scott había interrumpido sus estudios en Princeton para incorporarse al ejército. Cuando su campamento se instaló en Montgomery no imaginaba que allí iba a conocer a la mujer que le deslumbraría: una chica guapa y poco convencional que, a pesar de haber sido educada en el conservadurismo que se le supone a la hija de un juez, presumía de no tener prejuicios. Tampoco tenía reparos en emborracharse en público o en coquetear con los jóvenes que la cortejaban.

Rubio, bien parecido y con deseos de brillar, Scott había hecho estragos en el campus, pero la literatura y el afán de prosperar había restado protagonismo a aquellos amores universitarios. Con Zelda Sayre fue distinto: ella era sin duda la chica que él buscaba. La hija del juez, nacida en 1990, tenía tan solo dieciocho años cuando encontró a Fitzgerald. Ese mismo año, el del baile en Montgomery, había terminado sus estudios en el Instituto. Pero, más allá de su edad, era ya una chica avispada, intuitiva, llena de humor y de iniciativa.

Respondía al tipo de mujer emancipada de posguerra y correspondió al joven escritor desde el principio. Cuando el campamento militar abandonó Montgomery no dejaron de mandarse cartas casi a diario, de una forma entusiasta y enfermiza. En esa primera correspondencia se muestran ya algunos de sus rasgos contradictorios, aquellos que el tiempo iba a agudizar, causándoles dolor. Fitzgerald multiplica sus atenciones hasta el agobio, como si temiera que ella pudiera reprocharle algo o se sintiera culpable por su ausencia. Zelda, por el contrario, vive toda esa exhibición a veces con ilusión, otras con un cansancio que su carácter franco y cambiante no puede ocultar.

Llegaron a romper su relación durante unos meses, en el verano de 1919, en parte porque la familia de Zelda dudaba de la solvencia económica del narrador, en parte porque la propia joven quería asegurar más su amor y empujar a Scott a plantearse su vida con más ambición. En aquellos meses de ruptura no fueron pocos los amigos de Fitzgerald que le aconsejaron que se olvidara de aquella chica audaz, snob y caprichosa. Pero, como él escribió en febrero de 1920 a una amiga, no podía evitar seguir enamorado de ella:"Cualquier chica que se emborrache en público, que disfrute francamente y cuente historias escandalosas, que fume sin parar y que cuente que ha besado a miles de hombres y que piensa besar a otros tantos, no puede considerarse intachable, aunque no tenga tacha".

Pese a todo, él estaba enamorado "de su coraje, de su sinceridad y su dignidad apasionada". Y por si fuera poco, le confiesa a su amiga: "tú eres católica, pero a mí el único Dios que me queda es Zelda". En realidad, cuando Scott escribió aquella carta ya había vuelto con Zelda. La reconciliación se había producido en el otoño de 1919 y a partir de entonces la boda se convirtió en un hecho inevitable. "Sin ti no soy absolutamente nada. Sólo una muñeca boba", le escribe ella poco antes de contraer matrimonio. Se casaron el 3 de abril de 1920 en la catedral de San Patricio de Nueva York.

La felicidad, sin embargo, sólo duró unos cuatro años. El resto, desde 1925 hasta el internamiento de Zelda en una clínica mental, fue un tedioso camino de altibajos hasta llegar al declive. Claro que fueron cuatro años en los que pasaron demasiadas cosas. Poco antes de su boda Scott había empezado a trabajar en una agencia de publicidad en Nueva York. Al mismo tiempo, un editor aceptó, por fin, su primera novela, A este lado del Paraíso.

Comenzó a publicar sus cuentos en "The Sunday Evening Post". Durante los primeros meses de matrimonio alquilaron una casa en Connecticut, pero antes de fin de año se trasladaron a Nueva York, donde Fitzgerald alternaba con editores y guionistas. Seis meses más tarde embarcan por primera vez a Europa: Inglaterra, Francia e Italia. Regresaron a América al final del verano y permanecieron unos dos años en su país, mientras Fitzgerald iba publicando por entregas lo que luego sería Hermosos y malditos. Para entonces había nacido su hija Frances Scott, a quien llamaban Scottie, y la vitalista Zelda disfrutaba todavía de aquel ajetreo de amistades y fiestas.

Su espíritu aventurero le hizo ver en Fitzgerald no sólo el escritor que luchaba por publicar, sino el héroe dispuesto a estar en la cima. Pero pronto empezó a echar en falta algo de lo que ocuparse. Algo que tuviera que ver con lo que ella llamaba su temperamento artístico, ensombrecido por ser Scott el genio de la familia. Algo que ella no quería que se perdiera y que pugnaba por salir a la luz. Algo que, sin duda, no resultaba fácil pues, si Zelda y Scott formaban ya parte de la leyenda de Nueva York, ella sólo era el bello e inteligente apéndice del escritor.

Brillante y con gancho para muchos, y excéntrica para otros, cuando John Dos Passos la conoció en 1922, exclamó: "¡Está loca!". Sin duda era una premonición. En la primavera de 1924 embarcan de nuevo hacia Europa, esta vez para una temporada más larga. Un recorrido por París, la Costa Azul, Roma y Capri en el que afloran las primeras riñas serias de la pareja. Y junto a ellas las progresivas deudas por el tren de vida que se asemejaba en parte al de unos nuevos ricos, con sus estancias en hoteles de lujo, las institutrices de Scottie y el servicio que requerían las casas que alquilaban en sus diferentes desplazamientos. Aunque a la vez no renunciaron a cierta bohemia y sentido de provisionalidad. En cualquier caso, era un estilo de vida caro en el que el dinero se gastaba conforme entraba. Y a menudo escaseaba, pues Scott no disponía de ingresos fijos. Su obra más difundida, El gran Gatsby, se publicaría en 1925, pero a partir de entonces concentrarse en producir cosas nuevas iba a convertirse en un tormento. Su adicción al alcohol le dejaba varios días fuera de combate.

Más de una vez culpó a Zelda de su dependencia de la bebida. Antes de conocerla, confesó en una ocasión que él sólo tomaba café; su mente no necesitaba empaparse de otra cosa distinta que las palabras que escribía. Fue Zelda quien le descubrió el placer de beber, si bien con el tiempo ella moderó su afición y él, sin embargo, no pudo parar. Desde el principio, Scott había confesado que era un maníaco depresivo propenso a la irritabilidad: su estado de ánimo dependía en buena parte de que la obra que producía tuviera una aceptación continuada y segura. Una ansiedad que el alcohol atemperaba, mientras que el comportamiento de Zelda la exacerbaba.

 Durante el verano de 1924, Zelda mantuvo un romance con el aviador francés Edouard Jozan, la gota que colmaría el vaso en aquella relación que agonizaba. Sin duda, fue más que un coqueteo: "algo había sucedido que no podría ser reparado", anotaría Scott años después al recordar el incidente.

En esta larga estancia europea, las grietas entre la pareja eran evidentes. Aunque hubo momentos felices, como cuando recorrieron Capri y el sur de Italia, los desencuentros fueron la tónica. La fisura se agrandó cuando llegaron a París y Scott conoció a Ernest Hemingway, entonces un autor novel, y a otros amigos del mundo literario. Se encontraba en el período más pleno y creativo de su carrera. "Era el hombre más grande de mi profesión, todos me admiraban y me sentía muy orgulloso de haber logrado algo tan bueno", confesó él mismo años después. Aun así, se pasaba parte del día bebiendo con Hemingway en los asistencia, viejos cafetuchos de la orilla izquierda del Sena, alejado de Zelda.

O ella estaba enferma, o él desaparecía, a veces incluso durante varios días. En ocasiones tenía que recurrir a que un taxista le devolviera a casa después de haber perdido el norte algunas horas. "Nos destrozamos nosotros mismos. Sinceramente, nunca he creído que nos destrozáramos el uno al otro", escribió él en torno a 1930, cuando Zelda se encontraba internada en una clínica suiza.

Regresaron a América en las navidades de 1926. Fitzgerald inicia su primera colaboración con Hollywood, aunque el guión en el que trabajó no llegó a hacerse. Zelda, obsesionada con sacar fuera su talento artístico, estudia baile. Dos años más tarde vuelven a embarcarse rumbo a Europa y alquilan un apartamento en París por unos meses. Zelda continúa sus lecciones de ballet, esta vez bajo la tutela de Lubov Egorova. Vuelven a Estados Unidos por un corto período y de nuevo, en 1922, toman un barco hacia Génova y pasan por La Riviera camino de París, donde vuelven a alquilar un apartamento. Desde allí realizan una corta incursión en África al comienzo de 1930, pero meses después, ya en París, Zelda sufre una depresión nerviosa. Ingresa en la Clínica Malmaison de París, primero, más tarde se traslada a Valmont (Suiza), y a continuación a la Clínica Prangins, a orillas del lago Ginebra, donde permanece varios meses. Este internamiento marca el fin del matrimonio, aunque no se rompiera formalmente.

Ese verano Scott vive entre Lausana y Ginebra, cerca de Zelda, pero su padre muere en 1931 y viaja solo a Estados Unidos. Después de asistir al entierro visita Montgomery para darles cuenta a sus suegros del estado de Zelda. Poco después vuelve a Suiza, pasa algunos días con Zelda cada vez que ésta sale de la clínica ‘de permiso’ e incluso se animan a realizar un corto viaje a Francia. Finalmente, cuando Zelda parece estar recuperada, regresan a Estados Unidos y se instalan en Montgomery.

En apariencia todo vuelve a ser normal sin llegar a serlo en ningún momento; aunque efectivamente hay instantes de felicidad entre ellos, los resquemores continúan. Ella quiere que él no beba demasiado, y que le permita escribir, pintar y realizarse como artista. Scott, por su parte, trata de que la mezcla de encanto e inestabilidad que caracteriza a su mujer no le arrastre a él –y sobre todo a su escritura- a un caos mayor del que de por sí ha de soportar.

El fantasma de la esquizofrenia de Zelda planea de forma permanente en sus vidas, pero Scott se centra en su trabajo y se desplaza de vez en cuando a Hollywood para hacer un guión para la Metro. A principios de 1932 fallece el padre de Zelda y ésta sufre una recaída. Es internada en la clínica Phillips de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, hasta el verano, en que vuelve a reunirse con Scott y su hija Scottie en una hacienda, La Paix, que el escritor ha alquilado cerca del sanatorio.

Zelda ha conseguido también escribir y publicar una novela, Save me the Waltz. Por fin ha logrado salirse con la suya y mostrar al mundo su talento. Sin embargo, la enfermedad mental ya no la abandona, y en 1934 vuelve a ingresar en un hospital de Baltimore. Puesto que esta vez parece no avanzar, es trasladada durante un tiempo a una clínica más cara, pero al poco regresa al mismo hospital. Los reencuentros de la pareja son cada vez más forzados: ella pide que vaya a verla o que se reúnan en los períodos en que se encuentra más lúcida y los médicos lo aconsejan y él alquila de tarde en tarde una casa próxima al hospital, pero se aloja habitualmente en hoteles, centrado únicamente en su escritura.

A partir de 1935 Scott desconfía de que ella vaya a curarse de forma definitiva y trata de salvarse a sí mismo de una manera un tanto egoísta, pero sin desentenderse de las costosas sumas que le cuesta la estancia de su esposa en la clínica. El mismo cree que tiene tuberculosis, empieza a cuidarse. Un nuevo encargo para trabajar en Hollywood durante seis meses le permite conocer a la periodista y cronista social Sheila Graham, con quien empieza a vivir en pareja, pero sin dejar de visitar y atender a Zelda. De vez en cuando se reúnen, pasan las vacaciones juntos y hasta realizan un viaje a Cuba en 1939. Es la última vez que se ven. Scott es hospitalizado en Nueva York, resentido de su problema pulmonar, y Zelda vuelve a ingresar en su clínica. Una vez recuperado, Fitzgerald se gana la vida haciendo guiones y relatos y comienza a escribir El último magnate, una obra incompleta que se publicaría en 1941, un año después de su muerte. Ésta le sobrevino el 21 de diciembre de 1940, a los 44 años.

Un ataque al corazón acabó con su vida cuando se encontraba en el apartamento de Sheila Graham, en Hollywood. Entre tanto, Zelda se había ido a vivir una temporada con su madre a Montgomery. Será en 1947 cuando vuelva a ser internada por última vez en el hospital Highland. Sin saberlo, aquel ingreso no iba a ser una nueva pausa en su vida, sino la antesala de la muerte. Tres meses después, en marzo de 1948, se declaró un incendio en el hospital durante la noche y nueve mujeres perecieron entre las llamas. Una de ellas era Zelda. Con ella ardieron sus últimas fantasías. Y esa noche, por fin, acabó todo.
 
Es posible que la obsesión por el dinero y por triunfar a toda costa que marcó a Scott toda su vida fuera consecuencia de su experiencia familiar: un padre procedente de una notable familia de Maryland venida a menos y una madre de origen irlandés, sin distinción pero con más dinero. Él le inculcó su amor a la literatura, ella el ansia de llegar lejos. Pero fue en la Universidad donde se fraguó su conciencia de advenedizo en un mundo marcado por los privilegios que él se apresuró rápidamente a conquistar.
 

En nuestros días, los psiquiatras hubieran llamado a la enfermedad de Zelda un trastorno de personalidad simple o, tal vez, debido a sus alucinaciones auditivas y visuales, epilepsia temporal. Lo cierto es que los especialistas qie la trataron entonces calificaron su mal como esquizofrenia y le prescribieron altas dosis de morfina, insulina, psicoterapia e hipnosis. Un tratamiento inútil para un proceso mental que no dejó de deteriorarse. En sus últimas cartas a Scott, aquella eterna adolescente se muestra incapaz de aceptar su derrota y sigue insistiendo en lograr una unión imposible con el que considerará hasta el final su marido: "Si te fueras con otra mujer y me hicieras pasar hambre y me pegaras, sabes que seguiría queriéndote", escribe en un momento de arrebato.

En los años 20, durante su segundo viaje a Europa, Scott conoce a Ernest Hemingway, a Gertrude Stein y a otros muchos artistas e intelectuales. En ellos busca el calor que no encuentra ya en Zelda. Con Hemingway, a quien animó a escribir, compartió además su devoción por el alcohol. Pero años más tarde, cuando el autor de Fiesta o El viejo y el mar era famoso y había olvidado la fascinación juvenil que sintió por Scott, diría que había en Fitzgerald algo blando y femenino. La supuesta homosexualidad de Scott también la creía Zelda. Es posible que el duro Hemingway encontrara a Fitzgerald demasiado delicado. Las sospechas de Zelda fueron de otro tipo. Al ver que su marido se alejaba de ella y que frecuentaba demasiado a sus amigos, intuyó una homosexualidad latente en él. El fantasma de esa duda, que tanto ofendió a Fitzgerald, permaneció en Zelda durante años.

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El nombre de los nuestros (Lorenzo Silva)

Con la publicación de la que por el momento es su última novela, Lorenzo Silva parece consolidarse como uno de los escritores más prometedores de su generación. A pesar de su juventud (nació en 1966), el novelista madrileño es autor de una obra ya bastante nutrida, que comprende doce novelas (tres de ellas específicamente destinadas al público juvenil) y dos libros de viajes TÍTULO=»\indice1\»>1.

El éxito de su narrativa (El nombre de los nuestros va por la cuarta edición, se reeditan sus primeras novelas y se preparan adaptaciones cinematográficas de El lejano país de los estanques y El alquimista impaciente) se debe en primer lugar al hecho de que Lorenzo Silva es un escritor muy bien dotado para la narración, con un talento innegable a la hora de urdir historias y crear personajes que interesan al lector desde la primera línea. Ahora bien, también es cierto que al menos una parte significativa de su narrativa tiene una clara orientación comercial (perceptible, por ejemplo, en los dos últimos títulos citados, que en cualquier caso no dejan de ser novelas policíacas amenas y muy bien construidas), y que además Silva ha mostrado una gran habilidad para conectar con las inquietudes e intereses de las últimas promociones de lectores, tal como demuestra no sólo su dedicación al ámbito de la literatura juvenil, sino también su participación en el desarrollo de La isla del fin de la suerte, una novela interactiva en Internet TÍTULO=»\indice2\»>2.

Que el éxito comercial no tiene por qué estar reñido con la calidad literaria y con propósitos tan respetables como la recuperación de la memoria histórica y la actualización de la tradición novelística española se demuestra con la novela que ahora nos ocupa. El nombre de los nuestros es, en efecto, un relato bélico “inspirado en los avatares reales vividos entre junio y julio de 1921 por los soldados españoles” (p. 7), durante las campañas militares de Marruecos, que tan graves repercusiones tuvieron en la vida española de los primeros treinta años del siglo XX. Con esta novela, Silva “resucita” una tradición literaria que tiene prestigiosos antecedentes en figuras como José Díaz Fernández (El blocao, 1928), Ramón J. Sender (Imán, 1930), o Arturo Barea (La forja de un rebelde, 1941-1944) TÍTULO=»\indice3\»>3, y nos recuerda, en unos tiempos tan poco propicios a la defensa de las causas perdidas, el destino de unos hombres sacrificados en una empresa colonial tan absurda como inútil.

Debemos precisar que esta actualización de la tradición novelística sobre las campañas africanas ofrece perfiles singulares, ya que frente a los evidentes propósitos antimilitaristas y antiimperialistas que alientan en las tres obras citadas, la de Silva debe leerse más bien como un homenaje sincero y emotivo, pero a la vez nada proclive a las tentaciones demagógicas, hacia los soldados que participaron en la guerra de Marruecos. El propio autor hace explícita esta intención al final del capítulo 19, significativamente titulado “El nombre de los nuestros”: el sargento Molina, protagonista del relato, pide a uno de sus hombres, superviviente de la aniquilación de la posición avanzada de Sidi Dris, que haga el esfuerzo de recordar ante sus compatriotas a los caídos en la campaña de África; la invocación de Molina es, no hace falta insistir mucho en ello, la misma que el escritor dirige a su público. Debemos tener en cuenta, además (el autor lo menciona en el prólogo y lo ha destacado en varias entrevistas), que el sargento Molina, protagonista de la novela, es un personaje construido a partir de la figura real del abuelo del escritor, Lorenzo Silva Molina, quien luchó en la campaña africana como sargento de infantería.

Quizás no sea ocioso hacer algunas reflexiones en torno a la intención que ha presidido la escritura de esta novela, la cual no me parece, mutatis mutandis, muy diferente a la que subyace a un documental como Extranjeros de sí mismos, de José Luis López-Linares y Javier Rioyo. Novela y documental proponen un modelo de recuperación de nuestra memoria histórica reciente que, sin abandonar completamente el terreno de la interpretación ideológica, prefiere destacar el testimonio de unas peripecias vitales extraordinarias, palmariamente ignoradas por las nuevas generaciones de lectores y espectadores. No es un enfoque carente de riesgos —Manuel Vázquez Montalbán y otros significados portavoces de la izquierda clásica ya los han señalado en varias ocasiones—, pero en cualquier caso supone un meritorio esfuerzo de difusión de la historia reciente, sin complejos de culpabilidad añadidos, y un intento muy laudable de ganar para la novela y el cine español a un público más bien adormecido por los dudosos encantos de la modernidad.

La publicación de la novela de Lorenzo Silva no le viene nada mal a una sociedad como la española, cuyas jóvenes generaciones ya no tienen ante sí el horizonte del servicio militar para recordarles qué significaron, tanto desde la dimensión pública como desde la experiencia individual, aquellas campañas militares, nutridas por soldados de reemplazo con escaso o nulo fervor por la causa que habían sido obligados a defender. En estos tiempos en que el enfoque mediático parece restringir las señas características de lo militar al “espectáculo” de las intervenciones humanitarias (la participación de las fuerzas multinacionales, incluidas las españolas, en Bosnia y Kosovo es un ejemplo clarísimo) y en los que la principal consideración de las autoridades político-militares es la limitación a cualquier coste de las bajas propias (recordemos lo que ocurrió durante la Guerra del Golfo o en la campaña aérea sobre la Yugoslavia de Milosevic), Lorenzo Silva nos recuerda el incómodo papel que siempre le ha tocado desempeñar a la infantería y el valor que encierra el cumplimiento del deber y el sacrificio personal, incluso cuando éstos se llevan a cabo por causas equivocadas. Por otra parte, no deja de tener su aspecto irónico el hecho de que, en una sociedad obsesionada por la corrección política y el recurso al eufemismo, aparezca una novela que retrata sin ningún pudor las sevicias sufridas por los soldaditos españoles a manos de “los moros”.

Claro que difícilmente podríamos esperar otro planteamiento en un texto como éste, es decir, una novela de guerra en sentido estricto, caracterizada por la crudeza de sus episodios bélicos y narrada desde la perspectiva exclusiva de uno de los dos bandos en conflicto. Ello no significa que estemos ante una narración maniquea ni menos aún xenófoba, ya que, aparte de poner en solfa continuamente la legitimidad de la presencia española en el norte de África, el autor contempla a los irregulares rifeños con la admiración que merecen su coraje, su capacidad combativa, su estoicismo e incluso sus ocasionales gestos de caballerosidad (así ocurre hacia el final de la novela, cuando los harqueños devuelven el cadáver del coronel Morán, a quien tanto respetaban). Por otra parte, Silva no ahorra calificativos elogiosos hacia las tropas indígenas alistadas en el bando español (entre ellas destaca el sargento Haddú, que sacrifica su vida en un acto de lealtad revestido de todos los atributos del heroísmo más admirable). Ahora bien, tampoco hay que pensar que Lorenzo Silva haya “cambiado de bando”, en una de esas acciones típicas del pensamiento políticamente correcto —en realidad, mistificaciones de la realidad histórica— que tan frecuentes son en nuestros días. La crueldad de los harqueños, su ensañamiento con los prisioneros españoles, su rapacidad y cinismo aparecen nítidamente reflejados, sin regodeos morbosos, pero al mismo tiempo sin concesiones al relativismo cultural.

Los muchos méritos que reúne El nombre de los nuestros no sólo se reducen a la agilidad narrativa, que ya hemos señalado como un rasgo característico de las novelas de Lorenzo Silva. También en la reconstrucción histórica —con las oportunas licencias, sobre las que el autor llama la atención en la “Advertencia preliminar”— se muestra muy eficaz, tal como demuestra el capítulo 3, donde relata la conversación de los generales Dámaso Berenguer, Alto Comisario en Marruecos, y Manuel Fernández Silvestre, Comandante General de Melilla, en el cañonero Laya, a propósito de sus diferencias sobre la conducción de la campaña africana. El episodio, en gran parte imaginario, es en cualquier caso muy ilustrativo del desgobierno e impericia con que las autoridades militares trataron las operaciones bélicas, y constituye un buen ejemplo de la habilidad del autor para manejar los hechos reales y convertirlos en materia novelística. La documentación histórica y el conocimiento de los pormenores de la campaña africana se adivinan bajo el discurrir de la acción, perceptibles en el rigor y verosimilitud de los detalles (podemos ver un buen ejemplo de cómo emplea Silva los “efectos de realidad” en el capítulo 4, en la secuencia de la construcción de la posición fortificada de Talitit por las tropas de ingenieros), pero siempre subordinados a su virtualidad narrativa, a su función como soporte imprescindible de la construcción de la trama y la eficacia emotiva del relato.

También la estructura novelística está plenamente lograda. La narración, que comprende 19 capítulos y un epílogo, se mueve entre tres escenarios básicos —las posiciones avanzadas de Sidi Dris, Afrau y Talilit—, que alternan entre sí a lo largo de la novela, con alguna desviación hacia escenarios de importancia secundaria, como el cañonero Laya y la retaguardia melillense, en cualquier caso muy relacionados con los anteriores. En cada uno de los tres espacios principales se repite un esquema narrativo común, que comienza con la descripción de la posición, continúa con la creación de un tejido de relaciones entre los personajes que la ocupan y finaliza con el relato del asalto y los combates subsiguientes.

Para evitar la posible dispersión en la atención del lector y lograr su identificación con la suerte de los personajes, Silva recurre a un expediente narrativo que no resultará desconocido para los aficionados a los relatos bélicos (podemos recordar, a este respecto, películas que ofrecen una gran variedad de escenarios y personajes, como El día más largo o Un puente demasiado lejano); en efecto, en cada una de las posiciones hay emparejamientos de personajes que establecen intensas relaciones personales, en torno a las cuales giran la mayor parte de los conflictos y se concentra el dramatismo de las acciones: Andreu-cabo Rosales (Sidi Dris y Talilit), cabo Amador y sargento Molina (Afrau), alférez Veiga y contramaestre Duarte (cañonero Laya), sargento Molina-sargento indígena Haddú (Afrau), Andreu-cabo Amador (Talilit), sargento Molina-cabo González (Afrau), etc. Algunos capítulos —el 14, que narra la desbandada de Sidi Dris, y el 18, en el cual se cuenta cómo el cabo Amador entierra los cadáveres de sus compañeros muertos en combate— actúan como núcleos organizadores del relato, pues en él se reagrupan (vivos o muertos) varios de los protagonistas, dispersos hasta entonces por diferentes escenarios.

La intensidad de la narración no sólo deriva del acertado diseño estructural, sino también del muy visible tono de tragedia que la recorre. Esta dimensión trágica se configura a partir de un abrupto inicio —la muerte del soldado Pulido, que él mismo anuncia como inevitable, al comienzo del capítulo 1, suceso con el que se inaugura además uno de los motivos temáticos recurrentes, el de la violencia seca y descarnada—, y se refuerza a lo largo de los primeros capítulos mediante episodios que de algún modo anuncian el desenlace: la despedida entre el alférez Veiga y el coronel Morán (p. 52) y la marcha desde Sidi Dris a Talilit, durante la cual el cabo Rosales le cuenta a Andreu lo terrible de las retiradas ante los moros (pp. 54-56). El tono trágico procede también de otros elementos fundamentales del relato, entre los cuales hay que señalar la concentración temporal (dieciocho de los veinte capítulos se desarrollan durante los meses de junio y julio de 1921, los cuales todavía parecen más breves gracias al inteligente uso de la elipsis) y el carácter cerrado (cercado, para ser más exactos) de los escenarios. En algunos de los momentos de mayor fuerza expresiva, como los capítulos 14 y 16, la tragedia crece hasta un verdadero paroxismo destructivo, con episodios de heroísmo casi demente que destacan sobre un fondo apocalíptico, y en los cuales predomina más la conciencia de lo inevitable, de un fatalismo resignado, que la asunción racional del sentido del deber.

Los personajes de El nombre de los nuestros están, en líneas generales, muy bien trazados. Aunque no sea ésta una novela “de personajes” en sentido estricto, ya que la intensidad y el dinamismo de la acción impiden una visión más profunda de la vida interior de los protagonistas, hay que reconocerle al autor una gran capacidad para concebir criaturas de ficción vívidas, potentes, dotadas de una poderosa fuerza de convicción y especial verosimilitud. En este sentido, es inevitable destacar la figura del protagonista principal, el sargento Molina, cuyo retrato —el de un hombre íntegro y decente, valeroso pero sensato, con autoridad indiscutible sobre sus hombres, pero también comprensivo hacia sus flaquezas y debilidades, leal a las órdenes recibidas y al mismo tiempo escéptico hacia la actuación militar en el norte de África, una región cuya sequedad y ascetismo son, en cierta medida, metáfora de su propio espíritu— resulta muy atractivo.

En la construcción de sus criaturas de ficción, Lorenzo Silva utiliza diversos procedimientos, que abarcan desde la omnisciencia narrativa hasta el diálogo en estilo directo, pasando por combinaciones de ambos y por otras perspectivas intermedias. De todos ellos me parece especialmente lograda la técnica consistente en hacer vivir a los personajes acciones que definen su verdadera personalidad sin innecesarios subrayados del narrador. Un ejemplo muy significativo es el capítulo 2, en que el sargento Molina consigue que un oficial, irritadísimo por las trapisondas del mono Luisito, no dispare al macaco; en esta intervención se revelan algunas cualidades del personaje: su sensatez, la autoridad que emana de su porte, de su modo de ser y de hablar, su interés por los hombres a su cargo, su comprensión del otro, su humanidad. Otro ejemplo de esta técnica lo hallamos en el capítulo 7, cuando Molina elimina de un plumazo la corruptela de los soldados que pagan a sus camaradas para evitar salir en misión de aguada, demostrando así otro rasgo clave de su carácter, como es su innato sentido de la justicia, su energía para enfrentarse a los abusos. Y aunque el personaje se defina más a partir de sus acciones que de sus palabras, pues es hombre cauto y reservado, sus escuetas declaraciones siempre se caracterizan por su buen sentido; a este respecto, hay dos frases que resumen perfectamente su talante, ambas en la página 71: “no se puede abusar de quien es más débil. Quien hace eso o lo consiente, ensucia el mundo”; “las perras corrompen, pero la miseria corrompe más. Ésa es la mala ley de la vida”.

No hay duda de que el sargento Molina es un magnífico personaje. Acaso el único reproche que se puede hacer al autor con respecto a su protagonista es que resulta tal vez demasiado entero, demasiado “bueno”, para un escenario tan desdichado y negativo como el que en la novela se describe. Su honradez e integridad, sus reticencias ante la oficialidad (en las que subyace un evidente conflicto de clase que también alienta en otros personajes de la novela, como el anarquista Andreu o el ugetista Amador) TÍTULO=»\indice4\»>4, incluso su capacidad de ver más allá de las circunstancias estrictamente militares para cuestionar la política colonialista en el norte de África (por cierto, no es el único suboficial que comparte este planteamiento, como pone de relieve la conversación entre el contramaestre Duarte y el alférez Veiga en el capítulo 3), dibujan el perfil de un personaje que, sin abandonar del todo ciertas características del clásico héroe épico —véase, por ejemplo, su valerosa actuación, de un heroísmo inaudito, en los capítulos 13 y 15, que narran el asalto y la retirada de Afrau—, tiene además muchos puntos de contacto con el modelo del héroe “a su pesar”, característico de muchas novelas bélicas TÍTULO=»\indice5\»>5.

Al comienzo de esta reseña hacíamos algunas consideraciones sobre el sentido de la novela y sobre su condición ideológica. Querría aclarar ahora que, en mi opinión, y a pesar de que el autor no oculta en ningún momento la crítica hacia el estamento castrense, no creo que debamos considerar El nombre de los nuestros como una novela antimilitarista. Es cierto que entre los mandos militares que aparecen en ella abundan las conductas de criminal incompetencia —la infravaloración de la capacidad combativa del enemigo, la asunción de riesgos tácticos y estratégicos innecesarios, la descoordinación, el desprecio por las vidas de los reclutas, que más bien semejan corderos destinados al sacrificio, tal como pone de relieve el ya mencionado episodio inicial del soldado Pulido— y también las muestras de un comportamiento despreciable: generales arrogantes como Fernández Silvestre, oficiales señoritos y chulescos, investidos de un prejuicio de superioridad no sólo respecto a “los moros”, sino a sus propias tropas, cabos y suboficiales embrutecidos por el alcohol, el desarraigo y la corrupción.

Pero frente a ellos, también contemplamos a militares dignos, como el coronel Morán (que parece estar basado en un oficial real caído en el desastre, el coronel Morales), el alférez Veiga y, sobre todo, el sargento Molina, en el que se ejemplifican virtudes militares que indudablemente el autor admira: el sentido del deber, la lealtad, la camaradería, el estoicismo. Y aunque el heroísmo irracional, característico de los hechos de guerra, está contemplado a través de un prisma de escepticismo crítico, el escritor no llega a condenarlo del todo: incluso algunos oficiales que destacan por sus baladronadas y su altivez alcanzan en el momento del combate cierta dignidad inesperada, que procede de un coraje primitivo, enloquecido, y de una voluntad de sacrificio que no por absurda resulta menos impresionante; así ocurre por ejemplo en el capítulo 10, que narra el asalto a Talilit, cuando el teniente artillero, protegiendo el repliegue de sus soldados, se enfrenta con valentía suicida a la embestida de la harka. Silva llega incluso a proponer una interpretación del desastre bélico en términos de experiencia iniciática, de acontecimiento íntimo, capaz de transformar el carácter de los supervivientes —véanse las reflexiones que realiza el alférez Veiga a propósito de la aniquilación de los soldados españoles, en la página 157—, que aunque pueda ser discutible desde perspectivas ideológicas tiene sin embargo una indiscutible carga emotiva.

Una novela de guerra como la que ha escrito Silva no podía prescindir de la descripción realista de las condiciones de la vida en las posiciones de vanguardia. Es un realismo que no ahorra al lector detalle crudos y hasta brutales, imprescindibles en la tradición de los relatos bélicos, y en el que destaca singularmente la habilidad narrativa del autor. Las escenas de combate son rápidas, rotundas, contundentes, llenas de terribles sucesos de una fuerza e intensidad dignas de elogio. Se podrían multiplicar los ejemplos, pero yo seleccionaría los asaltos a las posiciones de Talitit, Afrau y Sidi Dris (capítulos 10, 14 y 16 respectivamente), absolutamente magníficos, con su combinación de episodios de escalofriante violencia —heridos rematados por sus propios compañeros, soldados torturados por la sed, hombres que, al borde de perder la razón, reservan su última bala para no caer prisioneros, hospitales de campaña donde se amontonan los heridos en condiciones infernales, prisioneros horriblemente atormentados por los harqueños— y diálogos descarnados, implacables, de una expresividad que no sólo procede de la tensión del momento, sino de su laconismo y absoluta falta de retórica.

Lorenzo Silva hace uso de un castellano rotundo, que no retrocede ante los tacos, las blasfemias o las rudas expresiones del argot cuartelero. Sin embargo, también demuestra su capacidad para el interludio lírico, generalmente asociado a la evocación del paisaje norteafricano. Así ocurre, por ejemplo, en las páginas 74-75, en las que el sargento Molina recuerda ante el cabo Amador la ciudad montañosa de Xauen, tan semejante a los pueblos blancos andaluces, con su insólita judería y su aire misterioso y embriagador. También el alférez Veiga, a bordo del cañonero Laya, percibe la inevitable seducción del paisaje africano:

“El contraste de luces y sombras, silencios y estruendos, tenía para Veiga una caprichosa armonía. Durante el día, la calima y el polvo lo difuminaban todo, pero al anochecer se producía una transformación súbita y cautivadora. La mar, el aire, la costa misma, todo tenía un fulgor extraño. Hasta los hombres que allí estaban intentando matar y no morir debían sentirse sobrecogidos por la inaudita belleza de que se revestía el paisaje africano mientras huía la luz y se les venía encima la noche llena de incertidumbres” (p. 161).

Esta novela de trincheras, dolor y sufrimientos apenas imaginables también reserva un espacio para otras emociones que las derivadas de las acciones militares. En unos casos es el humor, teñido de notas grotescas y hasta esperpénticas, como ocurre con las aventuras del mono Luisito en la posición de Afrau (capítulos 2 y 8). En otros es el deseo sexual, que alcanza un nivel de intensa tensión en el relato que hace el cabo Rosales a Andreu de su encuentro con una mujer rifeña en el recinto de un morabito (pp. 92-94, capítulo 6). Tampoco faltan los momentos más reposados, en los que se expresa la rutina de la vida en las trincheras y se da cauce a la revelación de la intimidad de los soldados (véase el capítulo 5, significativamente titulado “Añoranzas nocturnas”), o los retratos casi costumbristas, como el de los asfixiantes blocaos, con sus interminables partidas de naipes y sus penosas condiciones higiénicas (capítulo 6). Y me parece muy revelador que la novela, que como ya hemos dicho se caracteriza por una violencia creciente hasta el paroxismo, termine sin embargo con un reposado epílogo (situado seis años después del desastre, tras el desembarco de Alhucemas), que proyecta un hermoso tono melancólico sobre el ánimo del lector. En este capítulo final, la mirada del narrador pasa ágilmente desde el acorazado donde presta servicio el ya oficial de marina Veiga hasta la recién creada ciudad en la que el sargento Molina asiste en posición de firmes a la revista real de las tropas españolas, finalmente vencedoras. Las emociones de ambos, distantes, escépticas, proporcionan un adecuado contrapunto melancólico, un adagio tan emocionante como desengañado, al agotador frenesí de los combates. Los dos soldados comprenden cómo su heroísmo ha sido manipulado y ha sido transformado en un acto inútil, pero se dan cuenta también de que nunca podrán olvidar lo que han vivido. Y así su recuerdo pasa a formar parte de nosotros, los lectores, para quienes Veiga, Molina, Amador, Andreu o Haddú llevan ya, desde el mismo momento en que cerramos la cubierta de esta emocionante novela, “el nombre de los nuestros”.

Notas

TÍTULO=»\nota1\»>1. Noviembre sin violetas, Madrid, Ediciones Libertarias, 1995, reeditado en Destino (Col. “Destino Libro”); La sustancia interior, Madrid, Huerga y Fierro, 1996, reeditado en Destino (Col. “Áncora y Delfín”), 1999; La flaqueza del bolchevique, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 779), 1997, reeditado en Booklet, 1998 y en “Destino Libro”, 2000; El lejano país de los estanques, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 812), 1998 [premio “El Ojo Crítico” de narrativa]; El ángel oculto, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 844), 1999; El urinario, Valencia, Pre-Textos (Col. “Narrativa”, 10), 1999; El alquimista impaciente, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 890), 2000, reeditado por Planeta y Círculo de Lectores (2000); El nombre de los nuestros, Barcelona, Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 919), 2001; La isla del fin de la suerte, Barcelona, Círculo de Lectores, 2001; El cazador del desierto, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil]; Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 1998 [novela juvenil]; La lluvia de París, Madrid, Anaya (Col. “Espacio Abierto”), 2000 [novela juvenil]; Viajes escritos y escritos viajeros, Madrid, Anaya (Col. “Punto de referencia”), 2000) [libro de viajes]; Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Ediciones Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 927), 2001 [libro de viajes]. «

TÍTULO=»\nota2\»>2. La isla del fin de la suerte se aloja en la web del Círculo de Lectores. Esta no es la única relación del novelista con Internet y las nuevas tecnologías, pues también ha elaborado una web personal donde ofrece noticias biográficas, extractos de las críticas recibidas por sus novelas, una completa bibliografía, textos inéditos muy representativos de sus inquietudes y aficiones, etc. A todo ello hay que añadir la aparición (octubre de 2001) de alguno de sus textos breves (el relato “Liberty City”) en formato de libro digital o e-book, publicado por la Editorial Badosa. «

TÍTULO=»\nota3\»>3. La novela de Lorenzo Silva se ha publicado apenas un año después que Una guerra africana, Madrid, Ediciones SM (Col “Gran Angular”, 195), 2000, de Ignacio Martínez de Pisón, novela juvenil cuya acción transcurre con posterioridad a los sucesos del desastre de Annual. Aunque inferior en calidad a El nombre de los nuestros y muy diferente en su planteamiento argumental (pues, a pesar de lo que sugiere el título, su centro de gravedad no es tanto la campaña militar cuanto el relato de una poco creíble peripecia sentimental que se desarrolla sobre el fondo de la contienda africana), la novela de Martínez de Pisón comparte con la de Silva unos cuantos rasgos comunes: no sólo las inevitables referencias al marco histórico, sino también la focalización del relato en torno a un suboficial de baja extracción social (el sargento Medrano, escéptico ante la guerra y al mismo tiempo entregado a su deber), que tiene numerosos puntos de contacto con el sargento Molina de El nombre de los nuestros. La novela de Silva guarda también algunas conexiones con la famosísima Morirás en Chafarinas, de Fernando Lalana, no sólo por su ambientación norteafricana y por algunos detalles de los protagonistas (soldados de reemplazo), sino también por la insistencia en las notas de escepticismo y desarraigo que en ambas novelas aparecen. «

TÍTULO=»\nota4\»>4. A este respecto resulta muy ilustrativo el capítulo 5, donde el cabo Amador y el sargento Molina charlan sobre el sentido de la guerra y su propia intervención en ella. Molina revela en esta conversación uno de los rasgos fundamentales de su personalidad: el sentido del deber, el compromiso nacido de un convencimiento personal que se impone por sobre las comodidades y los intereses mezquinos, hasta el punto de que Amador, el sindicalista de la UGT opuesto a la guerra y a sus enemigos de clase, acaba comprendiendo las intenciones y motivos de su superior, que en principio le parecían inaceptables. «

TÍTULO=»\nota5\»>5. Estas características no son insólitas en los personajes de Lorenzo Silva. De hecho, buena parte de ellas pueden advertirse en el sargento Rubén Bevilacqua, protagonista de El lejano país de los estanques y El alquimista impaciente. Aunque el sargento Molina haya sido forjado a partir del recuerdo de un hombre de carne y hueso, no es menos cierto que sus rasgos distintivos —el sentido del deber, la rectitud, la solidaridad con los hombres bajo su mando, el distanciamiento frente a la oficialidad— pueden detectarse en alguno de los antecedentes narrativos que ya citamos al principio de esta reseña; pienso, por ejemplo, en el personaje del sargento Carlos Arnedo, protagonista del episodio 4 (“Magdalena roja”) de El blocao, de José Díaz Fernández. Además, el tipo no es ajeno a la tradición de los relatos bélicos contemporáneos; pienso, por ejemplo, en personajes como el sargento primero Milton Warden, de la novela de James Jones De aquí a la eternidad (1951), o el sargento Croft de Los desnudos y los muertos, de Norman Mailer. «

Para saber más

Quienes tengan interés en ampliar la información sobre la novela y su autor pueden consultar las siguientes fuentes:

  • TÍTULO=»\biografía\»>Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la pesadilla de Marruecos, Barcelona, Ediciones Destino (Col. “Áncora y Delfín”, 927), 2001. En este libro de viajes, que relata su estancia en el norte de Marruecos, Lorenzo Silva proporciona significativos detalles de la biografía de su abuelo y abundantes noticias históricas de las campañas africanas (véanse, en relación con los sucesos que relata la novela, las pp. 104-108). Al leer Del Rif alYebala no sólo podemos verificar muchos aspectos del complejo proceso de creación novelística que se halla tras El nombre de los nuestros, sino que además confirmamos esa poderosa sensación de realismo y autenticidad que se desprende de la novela.
  • Web personal de Lorenzo Silva: imprescindible para un contacto de primera mano con la trayectoria biográfica y los intereses del escritor. También hay un foro de noticias sobre el escritor muy recomendable.
  • El desastre de Annual: una web con información detalladísima sobre lo que fue y lo que significó este pavoroso episodio de la historia española (incluye fotografías). 
  • En los últimos años, la guerra de África ha vuelto a suscitar el interés de los escritores españoles, como demuestra el magnífico reportaje de Manuel Leguineche, Annual, 1921: el desastre de España en el Rif, Madrid, Alfaguara, 1996. Este libro incluye, a modo de apéndice, el llamado “Expediente Picasso”, encargado por el gobierno español al general Juan Picasso para averiguar las causas de la derrota militar; en las páginas 143-144 y 147-150 de este apéndice se relatan pormenorizadamente los combates en las posiciones de Talilit, Sidi Dris y Afrau.
  • También en el plano estrictamente literario hay significativas muestras de este renovado interés, pues se han reeditado dos de las grandes novelas sobre la guerra de África: El blocao de José Díaz Fernández (Madrid, Viamonte, 1998), con prólogo de José Esteban; e Imán, de Ramón J. Sender, (Barcelona, Ediciones Destino, Col. “Clásicos Contemporáneos Comentados”, 2001), con comentarios de Lorenzo Silva.
  • En su número 69, de septiembre de 2002 (pp. 34.37), la revista Qué Leer dedica un interesante y bien documentado reportaje, titulado “Moros en la costa”, a la relación entre la literatura y los desastres bélicos sufridos por las tropas españolas en el Norte de África.
  • El propio Lorenzo Silva (suplemento dominical El Semanal, nº 800, del 23-II al 1-III de 2003, pp. 54-58), ha anunciado recientemente la preparación de un documental sobre la desastrosa retirada de Annual. En este proyecto, basado en un guión del novelista, intervienen los cineastas Manu Horrillo y Benito Zambrano. Más información en la web http://www.arreyenlao.com y en la web del novelista.
La versión original de esta reseña ha sido publicada en la web personal de Lorenzo Silva, a quien agradezco sinceramente los elogios que dedica a mi trabajo.

 

 

Juan Sin Letras. Una cruzada literaria.

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EL MANANTIAL (Ayn Rand)

Es una novela proselitista con una ética y una moral propias y de ahí su clasificación en este género.

En 1943 vino el primer éxito importante de Ayn Rand como novelista, con la publicación de El manantial. El libro, que había tardado siete años en escribir, fue rechazado por 12 editores, hasta que un editor joven en la editorial Bobbs-Merrill le espetó a su jefe: "Si este no es un libro adecuado para usted, entonces yo tampoco debo trabajar para usted".

En 1949 una versión fílmica de El Manantial fue realizada y dirigida por King Vidor. Protagonizada por Gary Cooper (Howard Roark), Patricia Neal (Dominique Francon), Raymond Massey (Gail Wynand) y Kent Smith (Peter Keating).

El guión fue escrito por Ayn Rand, y controlado minuciosamente por ella misma de una forma completamente desacostumbrada en Hollywood,
donde los estudios se toman todo tipo de libertades con los guiones
originales. En varias ocasiones durante el rodaje, Ayn amenazó con
suspender todo el proyecto si el guión sufría la más leve modificación.
Tanto Gary Cooper
como Ayn Rand no quedaron satisfechos con la película. Gary Cooper,
quizás ya demasiado mayor para un papel que en libro corresponde a un
hombre joven, pronunció el famoso discurso final sin entenderlo
realmente, cosa que se nota en la entonación y el énfasis. Ayn Rand
tuvo que luchar mucho para mantener la integridad del guión, y aún así
tampoco quedó satisfecha con la película, llegando a afirmar que lo
único bueno que tenía era que conseguiría nuevos lectores para la
novela. No obstante, la película es muy apreciada hoy en día en
círculos objetivistas, y, dado lo irregular de su distribución, suele estar disponible en redes P2P.

El fundamento de El Manantial es el individualismo y el
colectivismo en el alma humana. La obra se concentra en la vidas de los
cinco principales personajes. El héroe, Howard Roark, es la persona
ideal para Rand; un arquitecto intransigente que está completamente
entregado firmemente, aun cuando de manera serena, a sus ideales,
especialmente creyendo que ninguna persona debe jamás copiar el estilo
de otra, sobre todo en el campo de la arquitectura. A lo largo de la
novela todos los demás protagonistas en algún momento u otro, por
diferentes razones y con distintos grados de énfasis le piden que
renuncie a algunos de sus principios. Sin embargo Howard se mantiene
incólume y no compromete su integridad. Un aspecto interesante y
contrastante de la personalidad de Howard es que, en lugar de la forma
acostumbrada de los héroes típicos, él no se lanza a explicar por medio
de largos y apasionados sermones y monólogos acerca de sus puntos de
vista y por qué el mundo no es lugar justo; todo lo contrario, Howard
lo hace de forma desdeñosa, lacónica y altiva.

Versión española de Wikipedia

Los otros protagonistas son también personas realmente llamativas: un crítico de arte que trata de imponer a toda costa sus opiniones, de modo que los artistas creen las obras que él desea. Una solterona que ssdedica a las obras sociales como reflejo de lo amargada que está pro la vida. Un magnate al que le sobra el dinero pero aún así le falta el coraje para hacer lo que realmente desea…

La novela se lee muy fácilmente a pesar de sus mil y pico páginas, y se esté de acuerdo o no con sus tesis resulta grandiosa.

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LAS ONCE MIL VERGAS (Guillaume Apollinaire)

Este libro, más que erótico, es abiertamente pornográfiuco, pero el autor lo escribe con tanta gracia, con tal dominio del idioma que convierte el guiónobvio en una sorpresa constante.

Es muy difícil encontrar una obra de una procacidad tan salvaje y al mismo tiempod e una finura tan desternillante. Una auténtica burrada genial.

Guillermito fue algo así como el hijo bastardo de una condesa polaca venida a menos y un poco puta que lo pasó en grande viviendo la bohemia del París de fin de siglo, que, como es sabido, duró hasta 1914. Tuvo, por raro que parezca, una educación bastante esmerada, y se le reconoce una invención sin límites, al filo de la perfección entre la forma y el sarcasmo. Leído en francés, sorprende siempre lo adecuado de las palabras que usa en sus poemas. Porque Guillaume recuperó para la lengua de Hugo la palabra como entidad sonora y evocadora, más allá de la descripción del ambiente creado por los versos.

Pero no estamos hablando del Apollonaire surrealista de ‘Alcoholes’ o del soldado acojonado de ‘Los poemas a Lu’ (por cierto, la Gran Guerra acabó con su buen humor, de un bombazo le tuvieron que trepanar la metralla de la cabeza. Murió en el 18 de gripe). Estamos hoy hablando del genial escritor de cuentos (’El heresiarca’, por ejemplo) y, sobre y por encima de todo, de las aventuras de Moni Bibescu (o era con v?), Gospodar rumano.

Uno empieza la novela leyendo cómo nuestro amable héroe describe su nobleza hereditaria. La acaba entendiendo que Gospodar en Rumanía es algo así como el bedel del ministerio…y comprendiendo por fin lo que lanza a Moni a la búsqueda de emociones fuertes en el decadente París de principios de siglo.

La sucesión desenfrenada de orgías (en las que participan los no menos interesantes compañeros de Moni: Culculine d’Ancône o su criado Cornebeuf -les ahorramos la traducción-) es de lo más variopinta, y se sucede de París a Vladivostok siguiendo la estela del Orient Express y del Transiberiano. De hecho, si nunca han tenido sexo en un tren, ya verán las ganas que les entran después de la novelita de marras.

Porque sexo, haylo para todos los gustos: entre hombres, con mujeres, entre mujeres, con sangre, sin ella, con micción, defecación, animales, violencia. Lo hay para dar y para tomar, y siempre admirablemente descrito. Nuestros pasajes favoritos son: la primera noche en el tren, con la muerte por asfixia de la criada de Culculine, y la escena de la enfermera vampiresca en el frente de la guerra ruso-japonesa que, en vez de cerrar las heridas de sus pacientes, las abre de par en par para poder regocijarse metiendo de lleno la mano. Pero hay muchos mãs, y para todos los gustos. ¿Qué nos dicen del esplendoroso final de Moni, sodomizado por once mil japoneses, víctima del juramento que hizo al osar rendir tributo al Dios del Amor cien veces en una noche? Bradomín, a su lado, un aprendiz.

En resumen, un verdadero compendio de lo puede ser la buena pornografía, inventiva y de altísimo valor pedagógico-literario. Es un clásico por un clásico, ¿a qué están esperando?

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La vida breve (Juan Carlos Onetti)

A veces no hay optimismo posible, a veces una sola vida se queda corta, y entonces…

Entonces Onetti escribe un libro magnífico de una intensidad terrible que no cuenta con mantener nuestro optimismo o moral en pie.
Brausen, un tipo metido a guionista ve cómo su mujer se aleja de él por culpa (o no) de un cáncer. Vive en un piso pequeño y desolado en el que la distancia entre la felicidad y él se va haciendo tan grande que decide escapar.

Necesita acabar un guión para poder salir adelante y el material al que recurre es su propia vida, sus sensaciones, en el embrión del proyecto. Así nace el Doctor Grey y Santa María – espacio que utilizará Onetti a lo largo de sus obras-.
La vida de Brausen es poco sustancial; una tarde escucha un rumor al otro lado del tabique, es la Queca, prostituta que se acaba de mudar. Una tarde, Brausen aprovecha que la puerta está abierta para entrar en la casa de su vecina y se convierte en un detective del instante: huele el rastro de la inquilina, se detiene en cada objeto del cuarto. De esta visita nace Arce, otra personalidad de Brausen, un monstruo abyecto que planea sus actos y se deleita con la brutalidad.
Brausen irá desapareciendo poco a poco para dejar paso a Grey y Arce, ambos irán adquiriendo una autonomía ante la pasividad de su creador.
Arce intentará matar a la Queca y así cumplir con el suicidio moral de Brausen: no quedará ni rastro de la otra vida una vez que ya no exista escapatoria. Grey viajará junto a su deseada paciente en busca de un extraño amigo de ésta por el espacio ficticio de Santa María.
Finalmente los caminos de Arce y Grey confluirán sin explicación ni lógica, al fin y al cabo, ¿alguien la necesita?

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